10 julio, 2009

Aportes: Entrevista a Kitano Takeshi, a propósito de Achilles to Kame

Antes que nada, nos excusamos por el abandono, pero tengan por seguro que muy pronto nos reincorporaremos para restablecer nuestras actividades y reseñas. Mientras llega ese momento repito con otro trabajo periodístico, esta vez se trata de la entrevista que el periodista Luciano Monteagudo le realizó a Kitano Takeshi a propósito del estreno internacional de su más reciente producción, Achilles to Kame (disponible en nuestra videoteca), y que el diario argentino Página 12, publicó aprovechando la proyección de la misma en el marco de la undécima edición del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente BAFICI, finalizada el pasado 05 de abril. Esperamos que los festivales de cine nacionales tomen ejemplo y también proyecten esta cinta tan ansiada por los seguidores de Kitano, que no son pocos. Como en el anterior Aportes, le adjunto al texto original trailer de la película.

UN ARTISTA ES COMO UN LEÓN DETRÁS DE UNA GACELA

Aquiles y la tortuga, la nueva película de Kitano –que hoy tiene su última exhibición en el Bafici– es tan autorreferencial como sus dos films anteriores, Takeshi’s y Glory to the Filmmaker. Aquí explica por qué hizo esta trilogía sobre el artista frustrado.

Por Luciano Monteagudo

Una de las primeras películas –si no la primera– de todo el Bafici en agotar sus entradas por anticipado fue Achilles and the Tortoise, la nueva realización de Takeshi Kitano, lo que confirma el fervor del público porteño por un cineasta que, paradójicamente, para los distribuidores locales ya cayó en el olvido. Desde Zatoichi (2003) que ninguna de sus películas se estrena comercialmente en Buenos Aires. Pero tanto el Bafici como el Festival de Mar del Plata se han ocupado de mantener actualizada la obra de Kitano, que desde entonces parece haber entrado en una profunda zona de autocrítica y de reflexión interior acerca de sus distintas facetas: como showman cómico, como cineasta y también como pintor.

No puede decirse que Aquiles y la tortuga sea precisamente un autorretrato, pero la nueva película de Kitano –que hoy tiene su última exhibición en el Bafici– es evidentemente autorreferencial, como lo eran también sus dos films anteriores, Takeshi’s (2005) y Glory to the Filmmaker (2007). Este nuevo aporte vendría a conformar entonces una suerte de trilogía sobre el fracaso del artista. Porque de una u otra manera, las tres tienen que ver con la frustración y la impotencia de alcanzar aquello que –como la tortuga a la que Aquiles en su carrera nunca llega a igualar– es tan inasible como el arte.

El nuevo film de Kitano se inicia de manera completamente clásica, casi dickensiana, narrando el desamparo de un niño que vive todo tipo de pérdidas y padeciendo todo tipo de sufrimientos, pero sin resignar nunca su absorbente pasión por la pintura. Que poco a poco el film –cuando el propio Takeshi asume el mismo personaje ya de grande– vaya desquiciándose, volviéndose literalmente enfermizo y oscuro (a pesar de la vibrante paleta de colores que el director le impone a la película), le da su carácter verdadero, en la medida en que casi todas las pinturas que aparecen en la película son las que el mismo Kitano pinta y no duda en destruir. Se diría que el nihilismo que siempre fue muy propio del director es aquí más intenso que nunca.

Página/12 tuvo oportunidad de conversar largamente con Kitano en el Festival de Tesalónica, Grecia, en noviembre pasado. Rodeado por su productor de siempre, Masuyuki Mori, y por un traductor que es como su segundo yo, que lo sigue a sol y a sombra por todo el mundo y que parece conocer su obra tanto como si fuera él mismo, Kitano se toma su tiempo para responder y, cuando finalmente, lo hace suele dar un rodeo, apelar a un ejemplo o metáfora, con la que ilustra su pensamiento. Lo que sigue es parte de esa charla.

¿Sería apropiado decir que sus últimas tres películas son autobiográficas?
–Son tres películas que tratan acerca de tres actividades a las que he estado y estoy vinculado. Takeshi’s es acerca de un comediante muy exitoso que tiene una pesadilla recurrente con los fantasmas de su pasado: su ex novia, sus antiguos colegas de profesión y la gente que conoció en sus comienzos y que quedaron perdidos en el camino y que reaparecen en sus sueños como figuras simbólicas. Por eso pienso que esas pesadillas que mi personaje tiene en la película representan una suerte de sentimiento de culpa que ese comediante tiene en su carrera. La segunda película de la trilogía, Glory to the Filmaker (Kantoku-Banzai), es acerca de un director de cine obsesionado con conseguir un éxito, y con cada nueva película que hace sólo tiene fracasos. Cuanto más se esfuerza en lograr un éxito menos repercusión alcanza. El director, en esta película en particular, es el tipo que piensa que es más talentoso que otros cineastas, y que está confiado en su habilidad para hacer buenas películas, pero ninguna consigue interesar al público, como muchas veces me ha pasado a mí. Y con Achilles and the Tortoise, que es la tercera película de la trilogía, el protagonista está convencido de su talento, pero el resto del mundo no. La conclusión del film es que el mero hecho de estar involucrado en el proceso de creación es, en sí mismo, un momento feliz en la vida del artista. Si uno tiene éxito, o si los críticos te adoran, es irrelevante al tema de la creación en sí. La alegría está en el proceso de la creación de la obra, no en el éxito, ni en la repercusión, ni en cómo uno es visto por otra gente, sino cómo el artista se ve a sí mismo.

Zatoichi fue una película tan alegre y con tanta energía que uno se pregunta por qué la trilogía que le siguió es tan pesimista. ¿Qué sucedió?
–Mirando hacia atrás, creo que lo que pasó es que Zatoichi fue mi primer éxito comercial en el mercado japonés. Fue un éxito enorme. Entonces me dije a mí mismo: “Bueno, ahora que hice este súper éxito es un excelente momento para hacer cualquier película que yo quiera, porque no va a haber ninguna otra oportunidad en mi carrera en la que pueda ser más extremo, probar mis límites”. Por eso hice estas tres películas, tan diferentes entre sí, pero sobre todo muy diferentes de toda mi obra previa. Con las dos primeras tengo que confesar que me quedé sin aliento, porque fueron dos películas muy arduas de hacer, que me exigieron mucho en lo personal. La tercera, en cambio, la sobrellevé mejor, es una película más tradicional en algún sentido.

En Glory to the Filmmaker el director trata de filmar en distintos estilos, entre ellos el de Yasujiro Ozu, un cineasta muy alejado de su cine. Y en Achilles and the Tortoise el protagonista intenta pintar primero como Picasso, y después como Miró y como Jackson Pollock.
¿Es tan difícil para un artista encontrar su propia voz?
–La imitación en el arte es todo un tema. Una vez, hace mucho tiempo, vi una película, Mondo Cane (n.d.r.: de los italianos Paolo Cavara y Gualtiero Jacopetti, realizada en 1962). Y me impresionó mucho una escena: un nativo de Papua Nueva Guinea ve por primera vez sobre su cabeza volar un avión. Y decide imitar lo que acaba de ver con unas cañas de bambú y un poco de paja. Lo que construye apenas si se parece al avión, pero a sus ojos se le acerca bastante. Considero que ésta debería ser la forma ideal de imitación en el arte. No hay por qué duplicar el objeto en todos y cada uno de sus detalles. Lo más importante es reproducir la representación subjetiva de lo que uno vio. No tiene que lucir exactamente como lo que uno está imitando. Y algo de eso es lo que quiero de decir en Achilles... De hecho, todas las pinturas que aparecen en la película las pinté yo y son las que critica el marchand: “¡Usted cree que pinta como Pollock, Klee o Mondrian, pero sus cuadros ni siquiera se le parecen!”. Pero eso no es algo necesariamente malo. Porque como le sucedía al nativo de Papua Nueva Guinea, que imitaba al avión con cañas de bambú, el protagonista de Achilles... que yo interpreto, ese pintor sin talento ni éxito, lo que puede hacer con su habilidad tan limitada es crear una suerte de imitación. Pero la brecha con la realidad es tan grande como la del avión con las cañas de bambú. Y esa brecha es la que me interesa explorar en la película.

Las escenas en Achilles... en las que el pintor es un niño, en un paisaje rural, tienen una luz que parece la de la pintura impresionista, pero luego, a medida que el personaje crece, cambia completamente esa estética. ¿Cómo trabajó esos contrastes? ¿Hay algún período de la historia del arte que le interese más que otros?
–Para la gente de mi generación, hay una fantasía típica: si uno aspira a ser un artista debe viajar a París y reunirse con pintores en los cafés de Montmartre y llevar una vida bohemia. Esa fantasía, hoy más absurda que nunca, está reflejada en mi película a través del protagonista. En cuanto a mí en particular, el período de la historia del arte que más me interesa es el que va del Impresionismo al Cubismo, la progresión de esos movimientos y cómo los artistas trataron los temas de su época. Pero no tengo un conocimiento más que superficial del asunto, soy apenas un aficionado. Ahora bien, me esforcé por darles un color y un tono diferente a los tres movimientos en los que dividí la película. Los años de infancia tienen un tono casi sepia. Gradualmente, la película empieza a ganar en color y para cuando yo asumo como actor al protagonista ya predominan colores primarios, los tonos muy vivos. Esa evolución de la paleta de la película acompaña el proceso del personaje y fue algo en lo que me esforcé mucho.

El protagonista de Achilles... nunca tiene la posibilidad de estudiar, es un autodidacta. ¿Piensa que el arte no se puede enseñar?
–Bueno, definitivamente creo que algunas de las técnicas básicas hay que aprenderlas, alguien te tiene que enseñar. No necesariamente en una escuela, pero puede ser un amigo o incluso alguien del barrio. Es como cuando uno juega béisbol: antes que nada hay que aprender a catchear. En este sentido, hay cosas elementales que uno no las puede aprender por sí mismo, uno necesita de otros, no necesariamente de una escuela, pero sí de un mentor.

Y como cineasta, ¿quién fue su mentor?
–Humm... (piensa). Yo diría que aprendí cine cuando hacía stand-up comedy y desde mis números arriba del escenario criticaba mucho los clichés que veía en el cine. Y esos clichés son los que traté de evitar cuando empecé a dirigir. Recuerdo especialmente un número en el que me burlaba de un mal director y las películas estúpidas que hacía y allí decidí que eso era algo que nunca iba a hacer si empezaba a filmar mis propias obras. Ese fue quizá mi mejor aprendizaje como cineasta. En cuanto a la pintura, soy todavía un amateur, técnicamente soy muy malo. Y no me gusta andar explicando lo que pinto. Empecé a pintar por el placer de hacerlo, para divertirme y para disfrutar. Me inicié haciendo caricaturas, burlándome un poco de alguna gente, y ése fue un buen aprendizaje sobre cómo plantear la figura humana sobre papel.

Usted se desempeña en distintos campos: el cine, la televisión, la pintura. ¿A cuál le da prioridad?
–El secreto está en no perder tiempo en detalles. Puedo estar concentrado en una actividad, pero a la vez prestarles atención a otras cosas. Si uno se ata demasiado a algo y descuida el resto, hay elementos de la propia personalidad o potencialidades que se desaprovechan, o que directamente se pierden.

En Achilles... al protagonista se le plantea una disyuntiva: ¿el arte es más importante que la vida o la vida debería ser un arte?
–Eso depende de cada persona, de uno y de nadie más. Para algunos, el arte es toda su vida y para otros, por el contrario, la vida es un arte en sí misma. No hay una única respuesta a esa pregunta. Depende de quién es cada uno.

¿Le parece que los artistas deben tener alguna responsabilidad especial acerca del mundo en el que viven?
–Hay una tendencia muy fuerte, en todo el mundo, a que los artistas sean conscientes acerca de una variedad infinita de temas: sociales, ambientales, conflictos raciales, desigualdades de todo tipo. Yo en cambio pienso que el artista es otra cosa, que no debería necesariamente pensar en todo eso. El artista no es un activista social. Tiene otro lugar en el mundo.

¿El artista entonces debe aislarse de la sociedad en la que vive?
–No necesariamente. El artista no debe ni aislarse ni ser apartado de la sociedad. Lo pienso más bien como un león que está bien alerta detrás de una gacela: se ubica a la distancia justa de la manada, ni demasiado cerca, porque la ahuyentaría, ni demasiado lejos, porque si no se moriría de hambre.

Trailer de Achilles to Kame

SHINIGAMI

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